miércoles, 30 de agosto de 2017

Comentario Literario acerca de "El Viaje"

Gaviotas en alta mar
Blancas  blancas,
las veía palpitar
como cansadas:
o esperanzadas. Alas de sueño
/
Gabbiani in alto mare
bianche bianche,
io vedevo palpitare
come stanche:
o speranze. Ale di sogni
(G. Pascoli, Speranze e memorie, vv 1-6)

“…con los ojos del alma, esos ojos que siguen viendo aquellas montañas y aquellos castaños, a través de los mares y de los años” Ernesto Sábato, pág. 5, II El Viaje

Cada partida, cada viaje, resulta único e irrepetible, pero al mismo tiempo respira el sentimiento de universalidad, y eso lo descubrimos al leer "El Viaje".
Nos introduce en el secreto de los inmigrantes.  De lejos parecería un simple secreto que cualquiera podría entender en un momento, siempre y cuando  transite ese sendero, el de la inmigración. Bastaría con imaginar una persona, como tú o como yo,  al que un buen día de improviso le llega una carta, un acta de llamada, un hermano diciendo: “Yo voy si vienes tú conmigo”.
Cuánto darías,  no sabes qué, por cancelar ese momento, pero la carta ya la lees, despliegas el acta de llamada  y la mirada esperanzada de ese hermano clavada, esperando por ti!
Llevarás una valija y unos bultos, dos niños,  una carta de la madre.  Y, antes, darte un poco de tiempo para repartir entre tus amigas  unas pocas cosas de valor, unas pulseras, pendientes y unas mantillas bordadas; pero más fueron  las promesas  “no los olvidaré…” repetías y repetías…
Y, aquí te encuentras: tú abrazándote con el marido, los niños en brazos del padre y un hijo leyendo“Caro figlio, é da tempo che non mi scrivi, ogni sera,  io chiedo alla Madonna  per te...”  (Querido hijo, hace tiempo que no me escribes, cada noche, yo le pido a la Virgen por ti…)
Maria González Rouco descubre con su fina sensibilidad cada una de las historias, que más allá del tiempo trascurrido vuelven a conmovernos. Y decir con Maria Teresa Andruetto en ‘Stefano’   él,(…) quisiera que a este barco llegara su madre y lo apretara entre los brazos y le dijera, como cuando era pequeño y todavía no soñaba con América, duerme, ya pasará”

                                                                                                     María D’Alessandro
                                                                                                                 Escritora

miércoles, 23 de agosto de 2017

Comentarios



Hubiéramos necesitado a alguien como tú en los años de fervor inmigratorio, sentíamos la necesidad de contarnos y en cambio los pocos que llegaban de nuestros países no tenían ningunas ganas de escuchar, venian a abrir nuevos mercados y a “colonizarnos” culturalmente.
(…) Te agradezco por lo que haces en nombre de todos los tanos.
Nisa Forti Glori
Buenos Aires


felicitaciones, tus textos son impresionantes, historias de vida que llegan al corazon
Ida De Vincenzo




Brava Maria, has hecho una contribución inestimable para que no se pierda la memoria de la inmigración!
Abrazo grande!
Marì D'Alessandro


fue una alegrìa encontrar tu correo y pensar (ay!) que el hambre de mis abuelos y tambièn el de mi padre durante la guerra (...) vuelvan a mí desde vos, desde una página.
Marìa Teresa Andruetto
Córdoba


María no resisti el deseo de escribirte y contarte la emoción que me provocó leer tu trabajo sobre la comida de los inmigrantes en Argentina,yo que busco por años algo sobre la vida de mi bisabuelo italiano sin hallar nada en mi país Chile, sentí que vivía un poco tal vez la vida que él y su familia vivió. Te felicito.
Sonia Palestro C
Fundación Palestro
Chile

en Monografias.com


lunes, 21 de agosto de 2017

VII Oficios



     Muchos inmigrantes y quienes escribieron sobre ellos nos hablaron de los oficios que desempeñaban en su tierra natal. Salvo contadas excepciones, es constante la referencia a la pobreza de estos hombres y mujeres que buscaron en América una nueva vida.

En la tierra natal

     En El mar que nos trajo, dice Griselda Gambaro que Agostino “Cada atardecer, salvo que el tiempo lo impidiera, salía en barca bajo patrón en jornadas que, según la pesca, concluían al amanecer o al mediodía siguiente. Se trabajaba mucho y se ganaba poco. (...) Ellos estarían condenados al mismo ritmo de trabajo toda la vida: la pesca, la venta a precios viles y el ocio destinado al arreglo de las redes” (1).
     En La noche lombarda, Atilio Betti evoca los oficios de sus mayores: la cría de ganado, la caza de ranas, la hilandería, la tintorería y el cultivo del arroz. Se refiere asimismo a los trabajadores golondrina, quienes viajaban “de Europa a América, de la Argentina a Italia, para ganar el jornal en la época de la cosecha” (2). Alberto Sarramone afirma que posiblemente fue el escritor Víctor Gálvez, el que les dio el apelativo, pues decía en 1888, ‘Hay extranjeros que se asemejan a las golondrinas, son aves de paso, vienen cuando el invierno está en sus bolsillos” (3).
     Mempo Giardinelli escribe, en Santo Oficio de la Memoria, que, en Filetto, los nativos eran pescadores, viñateros, cosechadores de olivas (4). Agricultores y pastores eran los Dal Masetto en su tierra lombarda. Lo relata el hijo en un reportaje: “Cuando retozaba por las montañas de Intra, su padre Narciso y su madre María eran campesinos. Cultivaban todo tipo de verduras y frutas: hileras de vid para hacer vino. (...) él era el encargado de sacar a pastar las ovejas y las cabras” (5).
     En el orfanato italiano en el que vivía Agata, el personaje de Dal Masetto, trabajaban desde muy corta edad: “Todas las mañanas nos levantábamos a las seis para asistir a misa. Después concurríamos a clase y el resto del día teníamos que trabajar. Las mayores bordaban y tejían. Sabíamos que el orfanato vendía esa producción afuera. A las más chicas nos hacían arrancar yuyos, juntar ramas secas, cuidar los animales, acarrear baldes de agua, apilar el heno. Pero lo peor era cuando me mandaban a cuidar que la vaca, mientras pastaba, no se pasara a la parte sembrada. Le tenía miedo” (6).
   María Cotroneo recuerda: “Terminó la guerra, mi papá volvió a trabajar de zapatero, y mi mamá comenzó a trabajar de vendedora ambulante, se levantaba a las cuatro de la mañana, iba a comprar el pan, frutas, verduras, los vendía en los pueblos cercanos. Algunas veces me llevaba con ella y para no pagar dos boletos me escondía entre sus grandes polleras. La mujer calabresa de Bagnara Calabra trabajaba más que los hombres, hay un monumento en reconocimiento, la ‘Bagnarata’ ”(7).
     Había también inmigrantes con alguna formación. Un “extraño oficio”, heredado de su abuela, ejercía Syria Poletti en Friuli: escribía cartas para quienes se habían marchado (8). El anarquista Severino Di Giovanni -dice Osvaldo Bayer- “había sido maestro en Italia, pero sus estudios no eran universitarios” (9), y se había iniciado en el oficio de tipógrafo en su tierra. Había sido maestro asimismo Valentín Bianchi, quien luego sería empresario en Mendoza: “La escuelita en la que Valentín ejerce su profesión de maestro queda a poca distancia del pueblo. La responsabilidad asumida lo entusiasma. Su medio de movilidad para llegar a la escuela es una bicicleta que domina con admirable habilidad. La ruta no es fácil por sus pronunciadas bajadas, subidas y curvas a todo lo largo del trayecto” (10).

En el barco   

 Algunos inmigrantes pagaron el pasaje con su trabajo. Miguel Frías recuerda que su abuelo trabajó durante la travesía en la cocina del barco” (11).
     El polizón Deyacobbi quedó “a cargo del panadero del barco que le enseñó su oficio y le dio al llegar a Buenos Aires una recomendación para la empresa Molinos Río de la Plata”. Esa vinculación gravitaría en su futuro: en Molinos, “comenzó como corredor de comercio y por azar conoció los pagos de Mar del Plata al llegar con un barco cargado de harina que demoró más de un mes en descargar. Su primer emprendimiento fue la compra del Molino Luro en sociedad con Guillermo Roux” (12).
    El padre de Juan Bautista Vairoleto considera que “era posible costearse el viaje trabajando en el mismo barco, como habían hecho otros, paleando carbón en las calderas” (13).

En la Argentina

     En muchos de los textos que leímos aparece el inmigrante como una persona laboriosa, que logra un bienestar económico valiéndose de su habilidad en distintos oficios o en el comercio. En América, ellos trabajarán duro para lograr un bienestar y para brindarles a sus hijos un futuro mejor, aunque algunos de estos hijos no sepan agradecerlo. Muchos inmigrantes se ocuparán en la misma tarea que en sus países de origen; otros, deberán aprender nuevas formas de ganarse la vida.
     Marío Bunge destaca la laboriosidad de los inmigrantes, cuando dice: “Me hubiera gustado vivir mi vida adulta entre 1880 y 1930. Esa fue la Edad de Oro del País. Fueron los tiempos en que vinieron montones de gallegos y gringos a trabajar duro y a enseñar a trabajar con su ejemplo. Entonces fue cuando nacieron la agricultura a gran escala, la industria nacional y el Estado moderno. En esa época se pasó de la barbarie a la civilización. (...) Es verdad que también se cometieron crímenes tales como la guerra genocida y rapaz contra los indios. Pero en definitiva lo bueno pesó más que lo malo” (14).
     “En esa época –afirma Carlos Ibarguren en La historia que he vivido- aparecían millonarios que pocos años antes habían llegado al país sin un centavo en el bolsillo o con muy poco capital. Era el caso de Carlos Casado del Alisal, español; de Pedro Luro, vasco francés; de Ramón Santamarina, vasco español; de Eduardo Casey, irlandés, propietarios todos ellos de enormes extensiones de campo; o de Nicolás Mihanovich, dálmata, que empezó como botero y ya era dueño de varias empresas de transporte fluvial, algunas con sede en Londres; o de Antonio De Voto, italiano, fundador de un barrio en Buenos Aires, al igual que Rafael Calzada, español, o de Francisco Soldati, italiano y muchísimos más cuyos apellidos hoy figuran en los rangos de la más alta sociedad”.
     Evoca el sentimiento que impulsaba a todos por igual: “Un optimismo irresistible, un frenético entusiasmo contagiaba a todos. A los argentinos, que veíamos la súbita transformación de nuestra modesta República en una nación rica y opulenta. Y también a los extranjeros que estaban embarcados en la aventura fascinante del progreso, la riqueza y la mágica transformación de sus vidas” (15).
     “Los argentinos conocemos bien las virtudes de los inmigrantes: Quien se sobrepone a grandes dificultades será, posiblemente, una persona valiosa para el país que lo recibe”, escribe Clara Obligado (16).

En Buenos Aires

     Los escritores del 80 se refirieron al trabajo que los inmigrantes realizaban en Buenos Aires. En Juvenilia, Miguel Cané – cuyo nombre se recuerda vinculado con la Ley de Residencia - evoca al enfermero que trabajaba en el Colegio Nacional de Buenos Aires y su personal castellano: “Debìa haber servido en la legiòn italiana durante el sitio de Montevideo o haber vivido en comunidad con algùn soldado de Garibaldi en aquellos tiempos, porque en la època en que fue portero, cuando le tocaba despertar a domicilio, por algùn corte inesperado de la cuerda de la campana, entraba siempre en nuestros cuartos cantando a voz en cuello, con el aire de una diana militar, este verso (!) que tengo grabado en la memoria de una manera inseparable a su pronunciaciòn especial: Levàntasi, muchachi,/ que la cuatro sun/ e lo federali/ sun venì a Cordun. Perdiò el gorjeo matinal a consecuencia de un reto del señor Torres que, hacièndole parar el pelo, le puso a una pulgada de la puerta de calle (17).
     En la casa de Quilito, protagonista que da título a la novela de Ocantos, trabajaba una italiana: “Un apetitoso olor de guisado salía de la cocina abierta, donde una genovesa cerril movía espátulas y zarandeaba cacerolas, envuelto en el humo espeso del asado, que chirriaba sobre las parrillas"” Más adelante dirá de esta mujer que cantaba “un aire de su país, con acompañamiento de platos y cacerolas”. Habla también Ocantos de un “italianito vendedor de diarios” y de Rocchio, un corredor de Bolsa, “un hombrazo con muchas barbas, italiano con sus ribetes de criollo”. Al igual que la genovesa, este hombre es descripto por Ocantos con rasgos animales: “un italiano atlético, cuadrado, con las crines erizadas, cuya voz era un rugido; (...) Trabajador, eso sí, como una mula de carga, y ahorrativo como una hormiga; Rocchio no perdía un minuto de su día comercial, ni gastaba un centavo más de su cuenta del mes” (18).
     En “La casa endiablada”, de Eduardo L. Holmberg, aparecen italianos de humilde condición, carreros y verduleros, holgazanes y supersticiosos (19). Despectiva es la imagen del tachero italiano que Cambaceres nos presenta en En la sangre, un hombre vulgar cuya herencia genética será nefasta, a criterio del escritor. Idéntico desprecio manifiesta hacia los paisanos del tachero, hacia el gallego portero de la universidad y hacia un bearnés, a los que considera seres indignos de integrar la sociedad argentina (20).
     En “Buenos Aires Siglo XX/ Los conventillos: Un sistema que reproducía a la sociedad en miniatura”, escribe Francis Korn: “todos los habitantes de este edificio con tres patios tenían ocupaciones variadas, los hombres y las mujeres. Había sastres, modistas, hojalateros, vendedores ambulantes de diversas mercancías, albañiles, lavanderas, verduleros, almaceneros, empleados de zapatería” (21).
     Carolina de Grinbaum recuerda, entre los habitantes del conventillo, a un italiano que había alcanzado bienestar: “Llegada la hora en la cual los vecinos que compartían nuestro patio se sentaban a la mesa, nosotros también lo hacíamos. Al tiempo, los ajenos aromas deliciosos me invadían por entero, en especial los desprendidos de las viandas bien surtidas de la familia de don José, en bonachón italiano, de abultado vientre, propietario de un floreciente puesto de frutas y verduras en el Mercado de Abasto (simbolo de prosperidad en esa época)” (22).
     Hizo la América el italiano evocado por Luis Pascarella en El conventillo: “Don Pascuale trataba de igual modo a todos los inquilinos del conventillo, sobre todo a sus paisanos. Mocetón, de 31 años, más bien bajo de estatura, fornido, con grandes mandíbulas, nariz abultada y ojos duros y saltones, hacía mucho tiempo que se dedicaba a la explotación de conventillos e gran escala. Mal sastre en sus comienzos, dejó el oficio improductivo para dedicarse a su nuevo negocio, cosechando en pocos años una mediana fortuna” (23).
     Rubén Héctor Rodríguez evoca, en “Extraño chamuyo”, a otro propietario: “En el conventiyo del tano Giacumín/ se armó la de San Quintín/ a causa de extraño y sórdido chamuyo. (...) Me buchonearon con el patrón/ y, cabrero, desalojó el jaulón” (24).
     Pero no todos veían cumplidas sus expectativas. Esto es lo que destaca Renata Rocco-Cuzzi: “En los mismos años 30, el hermano de ‘Discepolín’, Armando, escribe sus grotescos denunciando el primer fracaso en la Argentina del ascenso social. El fundador del grotesco ríoplatense describe cómo los inmigrantes que vinieron a ‘hacerse la América’ en realidad quedaron encerrados en los conventillos hablando en cocoliche” (25).
     Esa lengua hablarían los personajes que evoca Gustavo Riccio, en su “Elogio de los albañiles italianos” (26). Precisamente a uno de estos trabajadores peninsulares, establecido en Mar del Plata, canta Eduardo Martín La Rosa: “Probaste todos los trabajos./ Al fin, la cal y el rojo ladrillo/ se metieron en tu sangre./ Volabas por los andamios./ Tu silbido triste, enamoraba a las nubes” (27). Italianos eran, asimismo, quienes fabricaban ladrillos. Relata Luis Alposta que los primeros pobladores de Villa Urquiza, en la ciudad de Buenos Aires, fueron “Los 120 obreros traídos por Seeber para extraer la tierra, en su mayoría de nacionalidad italiana. Ellos terminaron arraigándose y construyendo sus hogares con los ladrillos fabricados por ellos mismos” (28).
     Duro era también el trabajo del abuelo de Orlando Barone, quien se había empleado en el puerto (29).
     Otros italianos eran barrenderos; la Avenida de Mayo “de continuo era recorrida por las ‘victorias de plaza’ cuya caballería impuso la necesidad del barrendero municipal, aquel a quien los chicos le gritaban ¡Musolino!, sin saber el por qué del apelativo itálico” (30). Por esa avenida, transitaban el vendedor de “escobas y plumeros, por lo general italiano con bigotes de carabinero” (31) Fray Mocho describe, entre sus muchos personajes a un italiano vendedor de longanizas (32).
     Hubo bomberos entre los italianos. “El 2 de junio de 1884 la colectividad italiana fundó el Cuartel de Bomberos Voluntarios de La Boca, el primero del país. (...) El segundo cuartel de bomberos voluntarios en el barrio surgió el 9 de enero de 1935, cuando Francisco Carbonari, capitán de los Bomberos Voluntarios de La Boca, se alejó por diferencias que hoy nadie sabe precisar y fundó el cuartel de Vuelta de Rocha en lo que era su sodería. Cuenta la leyenda que el hombre empezó yendo a apagar los incendios con su camión de reparto y que su primer socio y fundador fue el pintor Quinquela Martín” (33).
     Y pasteleros, como los fundadores de “Los dos chinos”. Corría 1862 cuando “dos inmigrantes, recién llegados de Italia, transitaban por el húmedo empedrado de Buenos Aires y al detenerse en la esquina de Chacabuco y Potosí, decidieron que ése sería el lugar para fundar su pastelería” (34).
     El padre de Roberto Raschella, establecido definitivamente en la Argentina en 1925, se dedicó a la sastrería. Cuenta el hijo en un reportaje: “En un viaje anterior, mi padre se había iniciado en el oficio de sastre, con un maestro legendario, Cirillo, un italiano que murió de la ‘mala enfermedad’. Yo nací en el mes de la revolución del 30. Después llegaron años duros para la familia, nos mudábamos constantemente, siempre a casas con buena luz natural. Era común entonces ver a un sastre trabajando detrás de una ventana” (35). Sastres e italianos eran, asimismo, el padre de Antonio Berni (36) y los abuelos de José Marchi (37) y Griselda García (38). Y el padre de Ana María Neve, quien lo evoca con estas palabras: “A fuerza de vender en la feria/ papas, diarios y recuerdos/ y por la noche coser puntadas/ a mano, transpiración y talento./ Para que nunca conozcamos/ ni hambre, ni sufrimiento” (39).
     El italiano que llega a la Argentina, en Santo Oficio de la Memoria, abre una funeraria con su socio, sospechado después de asesinarlo. Ya viuda, su mujer lava ropa para los vecinos, y el hijo de ambos trabajará en la compañía de trainways y en los Ferrocarriles del Oeste (40). Fue italiano Angel Alfonso Di Césare, el inventor del colectivo.
     Las mujeres de escasa instrucción, además de trabajar en el hogar y ocuparse de la crianza de los hijos nacidos allá o acá, se dedicaban al lavado y al planchado. Lava la italiana que evoca Amalia Olga Lavira en “Estampita”: “Friega lienzos, camisas y vestidos,/ en el fondo, la donna, en la pileta/ y en fuentones y tachos florecidos/ hormiguitas de sol hacen gambeta” (41).
     Otras son las ocupaciones de las peninsulares que evoca Oscar González en “La anunciación”: “Pronto supo que América/ No regalaba nada/. Y tranqueó el empedrado camino del taller./ O sentada a la Singer enfrentó los aprietes./ O resistió en las chacras heladas y granizos” (42).
    
En las provincias

     En las provincias, los italianos desempeñaron distintos oficios. En el discurso pronunciado con ocasión de otorgársele la ciudadanía italiana y la Medalla de Oro a la Cultura Italiana en la Argentina, dijo Ernesto Sábato: “En el siglo pasado, mis padres llegaron a estas playas con la esperanza de fecundar una tierra de promisión. Se instalaron en la ciudad de Rojas, donde tuvieron un pequeño molino harinero” (43).
     Los inmigrantes trabajaron asimismo en el adoquinado de las calles. Lo recuerda José Luis Corsetti, quien afirma: “De las canteras de Tandil salió gran parte del empedrado de las calles de nuestro país. Los picapedreros españoles, italianos, montenegrinos y yugoslavos fueron, desde 1870, personajes entrañables que dejaron cuerpo y alma, cuando no la vida, en cada cincelada” (44).
     Hugo Nario describió la dura vida de los picapedreros: “Despeñarse, quedar aplastado por el desprendimiento de piedras o cascajo, perder un ojo reventado por una escalla o por un pinchote mal templado, morir destrozado por una voladura imprevista, caer bajo las ruedas de las zorras que bajaban cargadas de material desde lo alto de la pendiente, o carros cuyo control de descenso se perdía, y volcando arrastraban por el precipicio a caballos y conductor. Y en todo tiempo, el arresto, el allanamiento, las redadas, días y meses de encierro, la amenaza de la deportación, a veces sin proceso” (45).
     Estos hombres fueron alcanzados por la muerte de a decenas, en un tórrido verano porteño. Escribe Vázquez-Rial: la gente “caía muerta en las calles: los cadáveres eran ya cuatrocientos cuando el casi eterno presidente Roca visitó la Asistencia Pública: la mitad correspondía a trabajadores del empedrado público. No había enfermedad: era el sol. Se suspendieron todas las actividades entre las once y las cuatro, y se recomendó higiene y ropa holgada” (46).
     Los italianos trabajaron en los frigoríficos de Quilmes, La Plata y Berisso. “En la localidad de Berisso estaba el frigorífico Armour La Plata S.A. que inició sus operaciones en 1915. Entre dicho año y 1930, el 60% de su población obrera estaba constituida por hombres y mujeres provenientes de Europa y Asia” (47).
     Algunos logran un buen pasar. En prosperidad vive el personaje de José Luis Cassini -“Ya nadie lo sabe; él mismo ha olvidado que es el dueño del conventillo y de la primera usina eléctrica del pueblo” (48).
     Otro, encuentra la muerte en su negocio. En Matanzas se afincó el gringo Sardetti, a quien Juan Moreira, protagonista que da nombre a la obra de Eduardo Gutiérrez, mata por no pagar la deuda que tenía con el gaucho. "Los paisanos habían quedado helados; Sardetti estaba más muerto que vivo, y Moreira, arrogante y altivo, con la daga en la mano y la manta de vicuña volcada sobre el brazo izquierdo, estaba allí como el ángel del exterminio. -O pagas sobre el acto –dijo imperiosamente Moreira-, o te abro como un peludo. -No tengo plata –balbuceó el pulpero en una especie de estertor, mientras el paisano que desde un principio había tratado de evitar el lance, se cruzaba delante de la daga de Moreira, diciéndole: -No te pierdas, hermano; el gringo no vale la pena y vas a tener que huir del pago" (49).
     Fausto Burgos y Abelardo Arias evocan a los italianos agricultores que se establecieron en Mendoza. El primero refiere en El gringo (50), los abusos de los que eran víctimas los trabajadores –nativos y extranjeros-, mientras que Arias, en Alamos talados (51), describe el trabajo de los viñateros italianos.
     En su poema “La Condra”, Fulvio Milano canta: “Así la llamaba el abuelo italiano. No sé/ qué significa este nombre. Condra,/ la yegua blanca que atábamos al sulky./ ¿Qué voy a hacer, Dios mío, con este/ nombre raro/ a través de la gente, a través del olvido?/ La Condra, impredecible de caprichos en/ los caminos rurales,/ batía al aire los remos nerviosos, disparaba/ por fantásticos ríos/ tronaba el abuelo, y yo veía palidecer/ en tambaleante escorzo el angustioso sueño/ de la llanura” (52).
     “Generalmente todos decían que eran agricultores –manifestó el profesor Jorge Ochoa de Eguileor-, porque una de las condiciones para poder venir a la Argentina era que fuesen agricultores. Nunca habían visto la tierra, y los que la habían visto, la habían visto en su pequeña casa del caserío donde tenían su cerdo, y donde tenían su vaca y alguna gallina” (53). Así fue como se vieron obligados a aprender un oficio que les resultaba desconocido, para poder subsistir en la nueva tierra.
     En la memoria de la Colonia San José, donde vivieron piamonteses, afirma Alejo Peyret: “He visto en esta Colonia, montañeses que nunca se habían aproximado a un buey y les tenían un miedo espantoso, por más mansos que fueran. Habían arado con caballos, y había también algunos que nunca habían arado. Habían solamente carpido algunas varias cuadras de tierra en las faldas de los Alpes. Venían pues a América a hacer su aprendizaje de agricultura” (54).
     El esfuerzo de mucho tiempo se veía destruido por la plaga de langostas. Y el indio era una amenaza siempre presente: “Vista a la distancia, la epopeya de la inmigración parece aureolada por la leyenda y el heroísmo. Cruzar el mar, arar la tierra, levantar el trigo rubio como el cabellos de los inmigrantes, todo suena a poesía y así es presentado el período fundacional por escritores y poetas, como por ejemplo José Pedroni, que cantó como pocos a la gesta civilizadora y sobre todo al nacimiento de Esperanza. Pero si en un principio los agricultores araban con el Rémington a la espalda, teniendo en el horizonte el fantasma del indio, es de imaginar la cantidad de dramas y de fracasos, de renunciamientos y de miedos que se sucedieron y que debieron ser superados para llegar a la victoria final”, afirma Hugo Mataloni (55).
     La finalización de los contratos ocasionaba que familias enteras se trasladaran en busca de otro campo para trabajar. En un viaje por Santa Fe, Gladys Onega y su padre ven a “los expulsados de la tierra”: “vimos un carrito del que tiraban una mujer y un hombre, cada uno de su vara; en ese carrito pequeño y angosto llevaban su casa. Allí habían cargado los muebles, los hierros de labranza, un baúl, atados de ropa y todavía cabía una cama donde unos chicos y la nona se amontonaban y se tapaban del sol con la colcha blanca de algodón ahora ennegrecido, que había formado parte del ajuar europeo y que tantas veces había visto en las casa de chacareros, atada por sus cuatro puntas al respaldo y a la piesera de hierro de la cama. Debajo de ese toldo trataban de salvarse del terrible castigo del sol y del bochorno de la tarde con el aire que debía soplar por los costados libres. Detrás del carrito venían unos muchachos que empujaban aliviando el esfuerzo de sus padres” (56).
    En Santa Fe se instalan los Vairoleto. El padre, Vittorio, “encontró diversas ocupaciones temporarias y también fue arrendatario, con variada suerte. (...) tuvo que buscar conchabo en obras de construcción de las líneas ferroviarias y otras tareas estacionales. Para la trilla se tomaban horquilleros, carreros o ‘pistines’, fogoneros y aguateros; el trabajo era de sol a sol, y los maquinistas lo pagaban a su antojo. También se conseguían changas para embolsar y coser, o en el transporte y almacenamiento de las estaciones, pero había que deslomarse hombreando bultos de setenta kilos por el ‘burro’ y subir al trote cuando se cargaban los vagones” (57).
      Los agricultores inmigrantes fueron tema de poesías. Alfredo Bufano canta a los italianos: “¡Salud a ti, fuerte hijo de la loba romana,/ hijo del heroísmo y de la santidad,/ el que a su espada, dueña de milenaria gloria,/ trueca en armas benditas de trabajo y de paz!/¡Salud a ti, el de la estirpe de César/ y de Virgilio, el que pone el mismo afán/ al labrar tierra propia y al labrar tierra ajena,/ o al esparcir semillas que otros cosecharán!/ ¡Salud a ti que derramas el resplandor de Roma/ por los caminos del mundo con manos de eternidad!” (58).
     En “Ese inmigrante”, Virginia Rossi canta: “Se llenaba de espigas/ los puños y los brazos/ y su paso medía/ la soledad del campo” (59).
     Pero no todo era trabajar la tierra. Un italiano aplica aquí su vasto conocimiento musical. Luigi Gusberti, protagonista de El laúd y la guerra, escrito por su hija, Martina, fue “director de la Banda Sinfónica en la capital de la provincia del Chaco y fundador de las bandas musicales del colegio Don Bosco”, entre otras actividades (60). Otro italiano, Antonino Malvagni, creó las bandas militares de Tucumán y la Banda Municipal de Buenos Aires. A la música se dedicó Santo Discépolo, el napolitano llegado a Buenos Aires a los veinte años, padre de Armando y Enrique Santos. Y Feliciano Brunelli, Pascual De Rogatis, Angelo Ferrari, José Libertella, Arturo Luzzatti, Adolfo Morpurgo, José Zaninetti, Vicente Scaramuzza, Silvano Picchi  y Pascual, Miguel y Domingo La Salvia.
     Inmigraron los actores: la familia Podestá, Pierina De Alessi, Guido Gorgatti, Gianni Lunadei, Diana Maggi, Iris Marga, Delfy de Ortega, Angelina Pagano, Gino Renni, Darío Vittori, Rodolfo Ranni, y la periodista Canela, entre otros. También los cineastas Federico Valle, Luis César Amadori, Mario Gallo, Mario Soffici y Angel Mentasti, el director teatral Elio Gallipolli y el productor Nino Fortuna Olazábal, los cantantes Ignacio Corsini, Roberto Maida, Alberto Marino, Alberto Morán y Piero, y los fotógrafos Florencio Bixio, Angel Paganelli y Benito Panunzi, pionero de la fotografía.
     Vinieron de Italia los escultores Antonio Pujía, Líbero Badíi, Beatriz Cazzaniga, Pietro Costa, Juan Del Prete, Víctor De Pol, Luis Giorgi y Alcides Gubellini. Y los pintores Alfredo Lazzari -maestro de Quinquela y Lacámera-, Vito Campanella, Juan Cingolani, Víctor Cúnsolo, Arturo De Luca, José De Monte, Lorenzo Gigli, Mara Marini, Ester Pilone, Nica Concilio, Elisa Amenduni e Ida De Vincenzo.
     Eran italianos los arquitectos Tamburini, Meano, Gino, Aloisi, Juan B. Arnaldi, Juan Antonio Buschiazzo, José y Nicolás Canale, Luis Caravatti, Pedro Fossati, Francisco Gianotti, Luis Giorgi, Raúl Levacher, Carlos Morra y Francisco Salamone, los constructores Udina y Mosca, los ingenieros Constantino Devoto, Alula Baldassarini y Di Tella. Es italiano, asimismo, el arquitecto y pintor Clorindo Testa.
          También filósofos -José Ingenieros y Rodolfo Mondolfo- y educadores: Pedro Scalabrini, Matías Calandrelli, Victoria Gucovsky de Fikh, Josefina Passadori, Lidia Peradotto, Fabiola Tarnassi de Schilken.
     Inmigraron los religiosos Juan Cagliero, Alberto De Agostini SDB, Marcos Donati, Rafael Gobelli, Mario Pantaleo, Antonio Quarracino, y Artémides Zatti.
     Syria Poletti llegó en 1945, contratada para enseñar italiano en la Asociación Dante Alighieri. Nora Candiani, protagonista de su novela Gente conmigo, es traductora pública. También fue traductor el siciliano Antonio Aliberti. Inmigraron los escritores Antonio Dal Masetto, Martina Gusberti, Renata Donghi de Halperín, Roberto Giusti, Julián Centella, Enriqueta Lebrero de Gandía, Alfonsina Storni, José Portogalo, Antonio Porchia y María D’ Alessandro, y el editor Vicente Bucchieri.
    
***

     En su mayoría sin estudios, los inmigrantes se las ingeniaron para que sus hijos pudieran estudiar. Haciendo lo que sabían o aprendiendo nuevas labores, encontraron una vida digna, en la que el esfuerzo tuvo frutos. El país les ayudó, pero ellos no cejaron.

Notas
(1)   Gambaro, Griselda: El mar que nos trajo. Norma, 2001.
(2)   Betti, Atilio: La noche lombarda. Buenos Aires, Plus Ultra, 1984.
(3)   Sarramone, Alberto: Historia y sociología de la inmigración argentina.
(4)   Giardinelli, Mempo:  Santo Oficio de la Memoria. Buenos Aires, Seix-Barral, 1991.
(5)   Roca, Agustina: “Historia de vida”, en La Nación Revista, 12 de julio de 1998.
(6)   Dal Masetto, Antonio: Oscuramente fuerte es la vida. Buenos Aires, Sudamericana, 2003.
(7)   Cotroneo, María: “Esta es mi historia”, en Rotary Club de Flores promueve la paz. Buenos Aires, Editorial El Escriba, 2014.
(8)   Poletti, Syria: Extraño oficio. Buenos Aires, Losada, 1971.
(9)   S/F: “Las cartas de amor de Severino Di Giovanni”, en Clarín, Buenos Aires, 27 de julio de 1999.
(10) Bianchi, Alcides J.: Valentín el inmigrante. Santiago de Chile, Ed. del autor, 1987.
(11) Frías, Miguel: “Noticias del mundo”, en Clarín, Buenos Aires, 3 de septiembre de 2000.
(12)  S/F: “El negocio del hielo”, en La Capital, Mar del Plata, 25 de mayo de 2000.
(13)  Chumbita, Hugo: Ultima frontera. Vairoleto: Vida y leyenda de un bandolero. Buenos Aires, Planeta, 1999.
(14) Cosentino, Olga: “La Argentina de los deseos”, en Clarín, Buenos Aires, 30 de julio de 2000.
(15)  Ibarguren, Carlos: La historia que he vivido. Buenos Aires, Biblioteca Dictio, 1977.
(16)  Obligado, Clara: “Ley de inmigración en España. Tan global, tan legal, tan xenófoba”, en Clarín, Buenos Aires, 28 de enero de 2001.
(17)  Cané, Miguel: Juvenilia. Buenos Aires, CEAL, 1980.
(18)  Ocantos, Carlos María de: Quilito. Madrid, Hyspamérica, 1984.
(19)  Holmberg, Eduardo L.: Cuentos fantásticos. Buenos Aires, Hachette, 1957.
(20)  Cambaceres: op cit
(21) Korn, Francis: “Buenos Aires siglo XX/ Los conventillos. Un sistema que reproducía ala sociedad en miniatura”, en La Nación, Buenos Aires, 5 de diciembre de 1999.
(22) Grinbaum, Carolina de: La isla se expande. Buenos Aires, ig, 1992.
(23) Pascarella, Luis: El conventillo. Citado por Páez, Jorge: El conventillo. Buenos Aires, CEAL, 1970.
(24)  Rodríguez, Rubén Héctor: “Extraño chamuyo”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 13 de diciembre de 1998.
(25)  Rocco- Cuzzi, Renata: “Mitos del granero del mundo”, en Clarín, Buenos Aires, 26 de marzo de 2000.
(26)  Riccio, Gustavo: “Elogio de los albañiles italianos”, en Historia de la Literatura Argentina. Buenos Aires, CEAL, 1980.
(27)  La Rosa, Eduardo: “El sueño de don Juan (un inmigrante), en La Capital, Mar del Plata, 10 de septiembre de 2000.
(28)  Alposta, Luis: “Borges me preguntaba por Villa Urquiza”, en El Barrio, Octubre de 2002.
(29)  Barone, Orlando: “El avance de la intolerancia aldeana”, en La Nación, Buenos Aires, 13 de febrero de 2000.
(30) Llanés, Ricardo M. La Avenida de Mayo. Buenos Aires, Editorial Guillermo Kraft Limitada, 1955.
(31)  Llanés, Ricardo M.: op. cit.
(32)  Alvarez, Sixto (Fray Mocho): Cuentos. Buenos Aires, Huemul, 1966.
(33)  Blanco, Leonardo: “El barrio de La Boca es tierra de bomberos”, en La Nación, Buenos Aires, 9 de febrero de 2003.
(34) S/F: Los dos chinos.  Julio de 2003.
(35)  Ingberg, Pablo: “El amor a los vencidos”, en La Nación, Buenos Aires, 13 de febrero de 1999.
(36)  Sábat, Hermenegildo: “Antonio Berni”, en Clarín Viva, 13 de junio de 1999.
(37)  Gutiérrez Zaldívar, Ignacio: Marchi. Buenos Aires, Ediciones Zurbarán, 1995.
(38)  García, Griselda: poema  inédito.
(39) Neve, Ana María: Retratos de paisajes en poesías. Buenos Aires, Editorial Dunken, 2012.
(40) Giardinelli, Mempo: op. cit.
(41)  Lavira, Amalia Olga: “Estampita”, en ¡Che, barrio!. Buenos Aires, Gente de Letras, 1998.
(42)  González, Oscar: “La anunciación”, en El Tiempo, Azul, 16 de abril de 2000.
(43)  Sábato, Ernesto: “La memoria de la tierra”, en La Nación, Buenos Aires, 5 de diciembre de 1999.
(44)  Corsetti, José L.: “Lejos del corralito, cerca de la naturaleza”, en La Nación, 27 de enero de 2002.
(45)  Nario, Hugo: “Cortando piedra”, en Todo es historia, N°178, Marzo de 1982.
(46)  Vázquez-Rial, Horacio: Frontera Sur. Barcelona, Ediciones B, 1998.:
(47)  Boulgourdjian-Toufeksian, Nélida: Los armenios en Buenos Aires. Buenos Aires, Centro Armenio, 1997.
(48)  Cassini José L.: “El mar en los ojos”,  en Rotary Club de Ramos Mejía Comité de Cultura. Buenos Aires, 1994.
(49) Gutiérrez, Eduardo: Juan Moreira. Buenos Aires, CEAL, 1980.
(50)  Burgos, Fausto: El gringo. Buenos Aires, Ediciones Tor, 1935.
(51)  Arias, Abelardo: Alamos talados. Buenos Aires, Sudamericana, 1990.
(52)  Milano, Fulvio: “La Condra”, en El Tiempo, Azul, 12 de noviembre de 2000.
(53)  Markic, Mario: “En el camino”, TN, 12 de septiembre de 2002.
(54)  Vernaz, Celia: La Colonia San José. Santa Fe, Colmegna, 1991.
(55)  Mataloni, Hugo: La inmigración entre 1886-1890. Santa Fe, Colmegna, 1992.
(56)  Onega, Gladys: Cuando el tiempo era otro. Buenos Aires, Grijalbo Mondandori, 1999.
(57)  Chumbita, Hugo: op. cit
(58)  Bufano, Alfredo: “En el día de la recolección de los frutos”, en Para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino. Buenos Aires, Clarín..
(59)  Rossi, Virginia: “Ese inmigrante”, en Capítulos, Editorial Nueva Generación.

(60) Gusberti, Martina: El laúd y la guerra. Buenos Aires, Vinciguerra, 1986.

VI La Religión

La religión fue muy importante para los inmigrantes. Constituía una fuente de fortaleza frente a la adversidad, al tiempo que significaba un vínculo con sus tierras de origen.
Santa Francisca Javier Cabrini es venerada por quienes dejaron su tierra. La religiosa “recorrió Europa y las tres Américas, fundando colegios, orfanatos, hospitales, asistiendo a los presos, mineros, y en particular a los inmigrantes más indigentes, por eso el Papa Pío XII la proclama ‘Patrona de los Emigrantes’ el 8 de septiembre de 1950” (35).
El 13 de octubre se realiza la Procesión náutica de los molfettenses en La Boca, en honor a la Virgen de los Mártires, y el 10 de diciembre, la comunidad italiana se congrega en una procesión por las calles de Floresta en honor a San Sebastián. En esa oportunidad, la orquesta ambulante La Píccola Italia ejecuta piezas frente a las casas de los paisanos. En mayo de 2000, la colectividad italiana de Mar del Plata honró las reliquias de San Antonio de Padua Los sicilianos marplatenses son devotos de María Santísima della Scala, cuya imagen hicieron entronizar en 2001 en esa ciudad. Mi familia materna veneraba a San Alfonso, en Lombardía; esa devoción llegó a América.


Navidad

     La Navidad es una ocasión muy especial, que se recuerda, por lo general, vinculada a la infancia de quienes debieron dejar su país. Ennio Carota recuerda la Navidad en Italia, en relación con la figura protectora de la nona: “Sólo esas abuelas de ayer daban a las fiestas un toque tan especial. Un mes antes ya estaba haciendo sus galletitas y yo, junto a ella, pelando uvas para il vino cotto, un típico dulce de su Apulia natal. Eramos pobres, pero había alegría, había amor y todo ello nos hacía olvidar la pobreza” (36).
     Canela evoca esa festividad en el mismo país, durante la guerra: “Hacía muchísimo frío y al regreso de la Misa de Gallo había un tentempié –algo de nueces, almendras-, porque lo importante llegaba en el mediodía del 25, alrededor de la mesa familiar. (...) Mi madre amasaba fideos y los servía en caldo bien colado” (37).
     Agata, la inmigrante creada por Dal Masetto, describe sus sentimientos en esos días: “La llegada de la Navidad me colmaba de un manso entusiasmo. La sentía acercarse en el correr de los días y era como si estuviese a punto de acceder a un descubrimiento. Pensándolo bien, jamás ocurría nada nuevo, pero el acontecimiento tal vez estuviese justamente en esa expectativa, en la posibilidad no concretada de un cambio casi milagroso, en esa fiebre que me ponía en el corazón y en las venas una impaciencia feliz. Así había sido siempre. La noche anterior a Navidad solía haber gran movimiento en la casa: se preparaba el almuerzo del día siguiente. Carlo y yo disfrutábamos de aquel clima febril, ayudábamos en lo que podíamos y antes de acostarnos colocábamos un plato vacío en la ventana. Por la mañana encontrábamos un turrón, dos o tres naranjas, algunas mandarinas, castañas, maníes (en una oportunidad en mi plato hubo también un par de zuecos). Juguetes, jamás. Pero incluso con tan poco nos sentíamos contentos y festejábamos como si nos hubiésemos topado con un tesoro. El resto de la jornada se deslizaba en aquel clima apacible y era como si se hubiese establecido una tregua en las inquietudes o en las confusiones del resto del año” (38).
     La Navidad en la nueva tierra es evocada por los inmigrantes, a veces comparada con la de sus países de origen. La italiana María Cuda escribe: “Desde que vivo en la Argentina, mi Navidad es distinta, porque a pesar de ser gran parte de la población de Capital y Gran Buenos Aires de origen europeo, mantiene sus costumbres en forma muy variada. Tal vez por eso y más allá del respeto a los preceptos religiosos que la gente continúa observando, me resulta contradictorio encontrar el clásico pavo, las frutas secas y el pan dulce, en un clima netamente veraniego. Encuentro la justificación en la nostalgia, la tradición y el amor que el inmigrante siente por su tierra lejana, pero tan cercana aquí en el corazón. Por eso, las Fiestas mantienen, también en este país, el espíritu de unidad familiar y son motivo de intercambio de presentes. Algunas expresiones cambian y, en vez de ser la ‘Befana’ y medias, son los zapatos, el pasto, el agua para los camellos de los tres Reyes Magos. Finalizando, diría que el espíritu común es el deseo de buenos augurios y el sentimiento compartido de la creencia en Dios, Nuestro Señor” (39).

Funerales

     Un funeral católico es evocado por Cambaceres, quien, en su novela En la sangre, describe con desprecio el funeral del tachero italiano. Dice que los amigos del finado “habiéndose pasado la voz para el velatorio, poco a poco fueron llegando de a uno, de a dos, en completos de paño negro, con sombreros de panza de burro y botas negras recién lustradas”. El comportamiento de los paisanos, afligidos, le merece un comentario despiadado: “Zurdamente caminaban, iban y se acomodaban en fila a lo largo de la pared, en derredor del catafalco elevado en la trastienda. Uno que otro, cabizbajo, en puntas de pie, aproximábase al muerto y durante un breve instante lo contemplaba. Algunos daban contra el umbral al entrar, levantaban la pierna y volvían la cara” (40).
     María Teresa Andruetto evoca un funeral de la colectividad piamontesa en Córdoba: “Alguien nos alzó/ hacia el tufo de la muerta/ (se llamaba Elizabeta),/ para que viéramos” (41).
     En “Buenos Aires 1910 – Memoria del Porvenir”, vimos una foto de un funeral que nos llamó la atención. En medio de una familia, sentado en una silla está ¡el muerto!. Parece que se sacaban así la foto para mandarla a la tierra natal, para que vieran que efectivamente el fallecido ya no pertenecía al mundo de los vivos (42).


     Junto a la religión, llegó a América la superstición. Gabriel Corrado, nieto de italianos, expresó: “Los padres transmiten la enseñanzas básicas; entre ellas, algunas difíciles de explicar, como no abrir un paraguas bajo techo o caminar para atrás si te cruzás con un gato negro, que yo recibí de mis ancestros sicilianos” (43).

  1. Folleto entregado en 2002 en el Hotel de Inmigrantes.
  2. Becker, Miriam: “Casera e italiana”, en La Nación, Buenos Aires, 23 de diciembre de 2001.
  3. Becker, Miriam: op. cit.
  4. Dal Masetto, Antonio: Oscuramente fuerte es la vida. Buenos Aires, Sudamericana, 2003.
  5. Cuda, María: “En Argentina”, en DANTE Noticias, N° 68/ Octubre-Noviembre 1998.
  6. Cambaceres, Eugenio: En la sangre. Buenos Aires, Plus Ultra, 1968.
  7. Andruetto, María Teresa: .Kodak. Córdoba, Ediciones Argos, 2001
  8. Lacroix, León: en”Buenos Aires 1910, Memoria del Porvenir”, en Shopping Abasto, 1999.
  9. Baduel, Graciela: “Por la vuelta”, en Clarín, 24 de octubre de 2000.